Hace mucho, mucho tiempo la tierra entró en un periodo de frío que congeló el corazón de los hombres y la sonrisa de las mujeres. Las nubes cubrieron el sol y la nieve fue cubriendo casi toda la superficie del planeta. Los mares y los ríos detuvieron su acostumbrado fluir entrando en un largo tiempo de espera. Fue entonces cuando los dioses desesperados y dejando de lado todas sus rivalidades decidieron reunirse para encontrar la forma de entibiar la tierra. Nada resultó. La tristeza de los hombres y las mujeres era más fuerte que el calor que podía enviarles el sol. Estaban a punto de darse por vencidos cuando uno de ellos, el más viejo, les recordó que en esa reunión faltaba una invitada. Todos sabían que se refería a la gran Diosa Madre. Guardaron silencio. Nadie se atrevió a justificar el no haberla invitado. Nadie se atrevió ordenar que la fuesen a buscar. Y en ese largo silencio recordaron los tiempos en que la gran Diosa Madre fue apartada de todos los reinos debiéndo marchar junto a sus hijos varones a un lugar oculto bajo la superficie de la tierra. Allí, alrededor de una gran cascada que al caer sobre un pequeño lago formaba el arco iris mas grande y hermoso del universo, fundaron un pequeño reino donde todos vivían en paz y armonía. No había armas y menos guerreros. La rudeza propia de los hombres se había convertido en ternura fraterna. Y la pasión desenfrenada había dado paso al amor más dulce que les llevaba a unir cuerpos y almas en compromisos eternos. En vez de leyes, jueces y cárceles había amor, hermanos y nuevas oportunidades. Las esmeraldas, los diamantes y el oro eran convertidos en preciosos collares que se dejaban abandonados en cualquier lugar para ser tomados por quien deseara usarlos. En las plazas siempre había alguien tocando música para alegrar la vida de quienes se acercaban a disfrutar de los colores y las creaciones de los más jóvenes que siempre estaban inventando formas nuevas de vestirse. Era costumbre del reino que los enamorados intercambiaran perfumes creados usando secretos ancestrales. Todos vivían en perfecta armonía. Y como habían extirpado de sus corazones la violencia se habían convertido en seres inmortales.
-Tal vez ella, la Diosa Madre, podría ayudarnos, dijo uno de los dioses, rompiendo el silencio.
-Tendríamos que pedirle perdón e implorar su ayuda, agregó el más joven.
-No será necesario, interrumpió una voz femenina que se abría paso entre los guardias que cuidaban la entrada al gran salón. Vuestros mensajeros han sido más sabio que ustedes y han ido por mí. Gustosa he venido a ayudaros. Contadme.
Con voz temblorosa y sin levantar la vista del suelo, el dios mayor se dirigió a la Diosa:
-La tierra se muere. Hace un tiempo los hombres perdieron la alegría y cayeron en una tristeza que contagió a las mujeres y cubrió el cielo. Para el sol ha sido imposible entibiar los ríos y mares que se han congelado. Tampoco ha podido derretir la nieve que aprovechando la oscuridad cubrió toda la superficie.
Los ojos de la Diosa se humedecieron. Su rostro, por primera vez, mostró un gesto de pena y dolor. Su corazón se llenó de compasión y con la dulzura de una madre les dijo:
-Todos sabíamos que esto sucedería. Os lo dije la tarde en que fui expulsada junto a mis hijos:”No podréis construir una humanidad feliz, si dejas una parte de ella fuera sólo porque os molesta su forma de amar”.
-Debemos reconocer que teníais razón. No nos queda más que solicitar tu perdón e implorar tu ayuda.
- No he venido a refregaros vuestras equivocaciones. No os preocupéis. La creación será completada. Mis hijos se encargarán.
La diosa madre se reunió con sus hijos. La separación era dolorosa para todos pero en especial para aquellos que se habían unido en parejas. Sólo aceptaron partir porque intuían que era el momento de completar la creación. Antes de partir hicieron la promesa de reencontrarse algún día. La Diosa Madre les dio sonriendo su bendición. Uno a uno fue besándoles en la frente. Uno a uno partieron rumbo a la tierra con la misión de devolverle su alegría y su color. Uno a uno se fueron mezclando con los hombres y mujeres tristes. Lo primero que hicieron fue reabrir las tabernas y llenarlas de música y canto. Luego comenzaron a inventar peinados y cortes de pelo que alegraron a las mujeres. También diseñaron vestidos y trajes para alegrar a los hombres. Sacaron de sus bolsos los exquisitos perfumes que habían aprendido a elaborar y los repartieron para que hombres y mujeres se enamoraran. Por donde pasaban dejaban estelas de colores, amor y mucha algarabía. Y así poco a poco el frío fue escapando, la nieve desapareciendo y los ríos descongelándose. Las nubes de tristeza se esfumaron con los poemas y canciones inventadas por estos hermosos extraños. La tierra se volvió a entibiar. Mujeres y hombres recuperaron la alegría. Entonces llegó el momento de regresar al reino de la gran cascada que caía sobre el pequeño lago formando el arco iris más hermoso del universo. Sin embargo los corazones sensibles de estos hombres intuyeron que la tierra nunca estaría libre de la amenaza del frío y la tristeza. Entonces en un gran acto de amor decidieron quedarse. Salieron a buscar sus parejas y a mimetizarse con el mundo. Desde entonces la tierra no ha perdido su calor ni sus ganas de reír. De vez en cuando la Diosa Madre envía nuevos seres extraños que recogen los disfraces de sus antepasados y se van por el mundo alegrando a la humanidad. Algunos se disfrazan de decoradores. Otros de enamorados peluqueros. Algunos se dedican a crear hermosos trajes para las novias de los hermosos varones que miran de reojo. Y otros no dejan de fabricar exquisitos perfumes que alegran a las muchachas y enloquecen a los muchachos. Los más alegres se quedan en las tabernas y emplumados hacen shows hasta el amanecer cuidando que la tristeza no invada ningún corazón. Algunos se disfrazan de cantantes y hacen al mundo entero bailar y cantar. Unos se visten de cuerdos y pasan desapercibidos amando en silencio, otros simplemente se visten de locas, locas que aman a rabiar. Y cuando la vida de alguno se apaga las estrellas alumbran más fuerte y despiertan a la Diosa Madre, que baja a recoger sus cuerpos para llevarlos de regreso al reino de la cascada que al caer sobre un pequeño lago forma el arcoiris más hermoso del universo. Allí despiertan. Allí se encuentran. Allí vuelven a sonreír.

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